Naranja

Hay un tema que siempre le incomodó a Alberto, el hombre que vendía revistas y golosinas delante del colegio.

Él demostraba una amabilidad y paciencia forzadas ante la marabunta de niños, pero seguía incómodo.

Hacía dos años que murieron sus padres y su único hermano en un accidente de coche, y mucha gente le mencionó que su familia le cuidaba. Él tan solo veía que ahora tenía la carga de la tienda que odiaba regentar y que jamás sintió ninguna señal del más allá de ellos.

Odiaba, y a la vez ansiaba, poder sentir aquello que tanta gente le decía, pero tan solo le evocaba un sentimiento de fracaso al sentirse inerte.

Su rutinaria vida le impedía cualquier acción improvisada y el sentimiento de deber y de vacío le empujaba a pensamientos intrusivos.

Empezó a pensar cada vez con más frecuencia que odiaba el color azul intenso, ya que era el que tenía el coche de aquel fatídico día del accidente, y por ello agachaba siempre la mirada.

Entendió que había cogido miedo a mirar el cielo y que su postura cabizbaja influía en todos los aspectos vitales.

Tuvo una sensación que dejó entrar: debía tener en cuenta el color naranja, complementario del azul, como forma de romper con aquello.

Desde ese día, pintó la fachada de su negocio de naranja, tiró la mayor parte de su ropa azul y también la negra, por si acaso.

A partir de entonces, se percató de que caminaba con la cabeza alta y empezó a vislumbrar belleza en los rostros, y no en los zapatos.Volvió a redescubrir las copas de los árboles, los carteles de las tiendas y los panfletos publicitarios de las farolas.

Alberto seguía vendiendo golosinas a los indecisos niños, quienes encontraban diversión en elegir en qué gastar los 50 céntimos diarios. También seguía dispensando revistas del corazón, diarios de cualquier ideología e incluso recomendando colecciones absurdas o interesantes, según quien lo contemple, tales como maquetas de dinosaurios, monedas o sellos.

Alberto siguió con el naranja como eje. Vio que, a pesar de las miradas de la gente —de compasión entremezclada con burla—, eso que antes le habría hecho caminar aún más cabizbajo ahora le empujaba a vivir más erguido.

Naranja, orange, taronja, naranja, laranja, arancia, apelsin…

Cuando Alberto corroboró el efecto del color, comprendió que para sostenerlo necesitaba algo más.

Un viernes, Marc, un niño de unos 14 años que desde los tres acudía a la tienda antes de entrar al colegio, compraba siempre las mismas chucherías: dos lenguas de pica-pica y dos chicles de hierbabuena.

De hecho, nada más verle entrar, sin necesidad de decir palabra, Alberto ya le preparaba su pedido. La cuestión es que aquel día pidió cuatro caramelos de naranja.

Alberto, contrariado, balbuceó unas palabras para asegurarse de que realmente quería eso, y Marc se reafirmó.

—Alberto, gracias a ti he comprendido lo que es el riesgo.

Ese día, Alberto apenas pudo dormir, porque no paraba de intentar dar lógica a aquello.Más que aquel día, fueron meses enteros, marcados por las visitas de lunes a viernes de Marc, siempre con sus cuatro caramelos de naranja. Los tomaba de forma distinta según el día: a veces por pura rutina, otras con entusiasmo y, en ocasiones, con la mirada cargada de ansias de conocimiento.

Alberto entendió que los grandes cambios, sin riesgo, no daban la respuesta ansiada para quien busca sin tener claro el objetivo.

Efectivamente, el riesgo es aquello que da excelencia a una idea mediocre o que puede hacer sucumbir, incluso, a la mejor de las ideas.

Y así fue como el naranja, junto con el riesgo, hizo que ya no se sintiera mal cuando afirmaba que su familia fallecida no le daba señales.

Y así fue como empezó a volver a tener la piel erizada ante hechos, sonidos o momentos emotivos.

Y así fue como empezó a reaprender a sentir y, de paso, a vivir

MJ MS


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