Nunca he oído a nadie negar el deseo de volar, poder surcar los cielos, ser capaz de observar desde un ángulo privilegiado y de paso, evitar los atascos de la M-30. En cambio, a mí me parece una idea de lo más absurda. ¿Acaso nos hace sentir más plenos tener más perspectivas y evitar los conflictos terrenales?
Me cuesta entender que uno crea fehacientemente que, si tuviera la capacidad de alzar el vuelo a voluntad, como un gorrión que se posa en la barandilla oxidada y sucia de un balcón, sería una virtud.¿Acaso los riesgos que pueda conllevar estamparse contra una cristalera o sufrir un síncope a 40 metros de altura no plantean, al menos, dudas?
A mí, sin embargo, me otorga notoriedad y seguridad llevar pesas en los zapatos y pisar descalza y con ímpetu la arena del mar.
De hecho, los caminos de tierra después de una borrasca, llenos de agujeros e irregularidades, los considero casi un regalo del que disfrutar bajo las raíces de mi cuerpo.
La dualidad entre cielo y tierra no es más que otra patraña con la que desviar la atención y así calmar cualquier ápice de espíritu crítico.
Por ello, me reafirmo en la importancia del tacto de las plantas de los pies y en la capacidad de encoger los dedos ante algo inesperado.
Y es que, si llega el día en que anhele volar, será porque mi ancla esté completamente inamovible y estable o bien porque ser evitativa me haya nublado el juicio.
MJ MS

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