El enfado

El enfado, una herramienta poderosa, heredada en el taxi temporal de la epigenética, entre otras muchas. El enfado, una herramienta con gran utilidad, pero que sistemáticamente es mal interpretada, a causa de venir con un manual deficiente, vagamente documentado, como la mayoría del código OpenSource de la era previa a la IA.

Y quien te quiere, te pide confianza, sinceridad, complicidad y algunas palabras más que casualmente terminan en -ad. Y al principio te agradece que demuestres que le importas, concediendo esa sinceridad transparente, aparentemente incondicional, disponible sin enrevesados caminos para llegar a ella, a pesar de que uno sabe ya, por experiencia propia y ajena, que la sinceridad está sobrevalorada, al menos el exceso de sinceridad, como todo en este mundo…

Como aquellos que creen que porque te formulen una pregunta a bocajarro, sin esperarlo, es de buena persona y de valores, responder siempre la verdad, tenga el coste que tenga, otro kaos inferido en la envoltura epigenetica de la misma esencia del ser humano.

Y por transmitir la el mensaje de que la otra persona vale mucho para ti, lo aceptas. Y al principio parece que funciona, pero con el tiempo se olvida el acuerdo verbal que inició tal contrato de sinceridad: «cuéntamelo todo siempre, y seremos cómplíces, y confiaremos para siempre el uno en el otro…».

Pero el mensaje que transmite la puesta en práctica de ese contrato, la sinceridad, es en sí mismo un Caballo de Troya por vocación, desde su nacimiento, hasta que muere por no tener terreno en el que rodar, por finalización de la relación que vinculaba a esas personas.

Con el tiempo, cuando la sinceridad contratada se asienta, el artefacto de madera abre sus entrañas y deja escapar su contenido: el recordatorio de que lo que cuentas de forma sincera, en realidad es una petición de que confieses que haces lo que no gusta que hagas, y que tarde o temprano entra en escena nuestro protagonista: el enfado, unilateralmente, sin intención alguna de razonamiento.

El enfado nació, de solo dios sabe cómo, (al igual que todo lo que existe) con la finalidad de reforzar y visualizar el descontento ante algo que previamente había sido advertido que no era del gusto de la persona practicante del enfado. Y es eficaz, útil, activador de la emoción de la persona a la que se canaliza el artilugio. No solo recibe de nuevo el mensaje, sino que activa la emoción, que es la llave de la memoria, y permite, si hay consenso, reeducar el comportamiento que ha sido pactado, es indeseado.

Y hasta ahí llega, que no es poco.

Pero la humanidad, satisfecha por su increíble eficiencia, y víctima de unas instrucciones de uso tan pobres, comienza a prostituir tan maravillosa herramienta, pensando que es lo mismo, cuando en realidad tiene una sutil separación de dependencias, difícil de detectar y de entrar por la puerta de la hiperconsciencia.

La humanidad, en su trajín diario, empieza a usarlo como arma de manipulación, de extorsión, porque pocas herramientas epigenéticas tienen tanto poder de activar las emociones con tan poco esfuerzo, algo que ya se sabe que es tan útil y con tanto retorno de inversión.

Si no te escuchan te enfadas; Si no se comporta como te gustaría (porque tus valores éticos y morales, que no son universales, sino adquiridos por tu papel en la actuación grupal y social durante tu trayecto vital, son los mejores -no hay dudas- y tienen que replicarlos sin derecho a réplica o cuestionamientos), te enfadas; Si no te complacen, te enfadas; Si no te dan lo que quieres, sin equilibrar la balanza del principio universal del dar y recibir, te enfadas…

Y ocurre sin vergüenza, porque la acción no va de la mano de la autoconsciencia, ni de uno mismo, ni de su alrededor. A veces por falta de capacidad, a veces por falta de estimulación de esa adormilada hiperconsciencia que a todos se nos supone poseer.

Y como toda acción mal dirigida, mal programada, usada incorrectamente, comienza con el tiempo a sufrir fugas de eficacia, comienza a dejar entrever problemas con la misma velocidad con la que se reproducen esos insectos rojizos virtualmente indestructibles que habitan las alcantarillas y en los conductos ocultos del hogar.

La autosatisfacción por el beneficio inmediato del enfado, comienza a evitar el no ser consciente que está comenzando a perder el beneficio original, que era mucho más importante: esa complicidad y confianza mutua que sabiamente reclamaron al inicio.

La persona manipulada por un enfado siendo usado indiscriminadamente sin miedo a romperlo, comienza a plantearse el beneficio de la sinceridad, cuando se empieza a dar cuenta de que el contrato verbal se está incumpliendo, que no es un beneficio bidireccional.

Y llega la eterna pregunta: ¿Realmente hay que ser sinceros a toda costa?

¿Es de una persona con valores, responder siempre con sinceridad a todo coste? ¿No está la sinceridad infravalorada? ¿Si me autoengaño una y otra vez de que soy una persona con valores por, estrictamente, siempre responder con sinceridad a toda cuestión, a pesar del daño evidente recibido en casa embestida del enfado, cumple el contrato humano de que todo tiene que tener un equilibrio entre lo que das y lo que recibes?

Y en ese lapso de tiempo en el que la respuesta a la pregunta es un rotundo SÍ, SIEMPRE, poco a poco va siendo un sí con la boca pequeña -con la duda sujetándote de la camiseta intentando evitar que vuelvas a magullar tu integridad contra el mismo muro que ya tienes asumido, por puro adoctrinamiento- finalmente, la respuesta a todas las preguntas, acaba siendo un NO.

Porque… ¿Si siempre digo la verdad, es bueno para mi, o para la otra persona que no te da moneda de cambio? ¿Cómo podría ser algo bueno para mi, si siempre me produce un mal que no deseo? Si no comulga con mis valores, y lo hago por la otra persona ¿es bueno o es malo?

¿Y qué es el bien y el mal? ¿Qué es bueno o malo? El bien y el mal -ya lo dijeron los filósofos- no es absoluto, no es universal, es algo subjetivo. Un mal acto puede ser bueno para una parte y malo para la otra, cuestión de intereses. Si no, que se lo digan a los que sentían alivio cuando su héroe de turno en la película de turno, sobrevivía eliminando a otros seres humanos en una contienda, solo porque los otros no tenían la nacionalidad occidental, que es la percibida como «la buena». ¿Y si los otros eran obligados a luchar? ¿Y si los otros no querían enfrentarse a nuestro heroe? ¿También merecían morir? ¿Se tuvieron en cuenta sus circunstancias antes de sentenciar que debían morir y sentirse uno aliviado por ello?

No te ví preocupado por su paso a la inexistencia, porque el bien y el mal es relativo, porque lo que es bueno o es malo, solo depende del primsma del que lo mires, y del interés de la parte por la que te posiciones.

Desde el punto de vista objetivo, «el mal es un perro que habla, porque va en contra de la naturaleza, y la naturaleza es la que nos dio el cobijo de la existencia».

Y el exceso de sinceridad, cuando no te devuelve un beneficio, no es buena para ti, y está sobrevalorada. Y compunge cuando la persona que valoras, deja de entenderlo y te arroja el enfado una y otra vez, a pesar de cumplir tu palabra de contarle todo, a toda costa.

El enfado no nació para adoctrinar, para conseguir beneficio y satisfacción inmediato y accesible, nació para reforzar un mensaje, activando la emoción, y si se usa mal, al final pierde su eficacia, y por ende su beneficio.

¿La isla desierta más próxima por favor? Gracias.


2 respuestas a «El enfado»

  1. Avatar de Iván L.

    Me han pasado este análisis reflexión sobre el texto hecho por ChatGPT, grandeee jajaja
    «Dicho de otra forma: el miedo ayuda a evitar peligros; el asco ayuda a evitar contaminación; la tristeza favorece retirada y apoyo social; y el enfado ayuda a enfrentar obstáculos, abusos o invasiones.

    El problema no es el enfado, sino cuando es desproporcionado, constante o mal dirigido. Evolutivamente, el enfado puntual puede ser útil. En la vida moderna, muchas veces se activa ante cosas que no son amenazas reales: tráfico, mensajes, discusiones, frustraciones pequeñas, orgullo herido… Ahí puede volverse perjudicial.»

  2. Avatar de Joao
    Joao

    Qué gran reflexión. Me ha encantado la analogía del enfado como ese código legacy sin documentar que todos heredamos en nuestro ‘hardware’ biológico. Has descrito a la perfección cómo, cuando la sinceridad se exige como un contrato unidireccional y el enfado se usa como herramienta de extorsión, se rompe esa ‘separación de dependencias’ fundamental en cualquier relación sana. Al final, forzar el sistema acaba provocando que colapse. Un texto brutal, lúcido y muy honesto. Si encuentras las coordenadas de esa isla desierta, avisa.

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