Cumpleaños infeliz

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Samuel Dos Santos despertó el 18 de abril del 2024, habiendo olvidado la letra S.

Se percató, cuando en la estación de tren, decidió que le apetecía viajar a Sevilla y se dirigió con pase firme a la taquilla.

Samuel, dijo un escueto :

-Hola, un billete a Sevilla, por favor.

El empleado de la compañía ferroviaria, se puso en pie, se remangó el polo corporativo y dejó al descubierto la hebilla dorada y desproporcionadamente grande, de su cinturón de cuero marrón. Cada vez que Samuel le repetía la ciudad donde quería dirigirse, el  Señor R. Ramírez, -o al menos eso parecía estar impreso en su deteriorada chapa identificativa-mostraba y señalaba con su dedo índice ,el trozo de metal, posiblemente latón o hierro, con marcas de óxido, que además le dibujaban  surcos rojos y amoratados en la piel. 

Samuel repitió 6 o 7 veces la ciudad a dónde pretendía dirigirse, incluso le llegó a decir:

-Señor R. Ramírez ¿no quedan billetes a Sevilla?

La situación parecía sacada de una escena del mismísimo Charles Chaplin, ya que el taquillero no mediaba palabra alguna, pero señalaba su codiciada pertenencia, con un afán de convertirla en la gran  protagonista o de hacerse entender.

Samuel, paró la escena en la que estaban ambos en bucle y llegó a la conclusión, de los problemas de audición tan evidentes. Seguramente, Ramírez, debió olvidar, quizás perdiera o incluso, alguien le sustrajese sus audífonos. Y es que no le pareció que bromeara o que su intención era que hiciesen el duo, de Laurel y Hardy, por la prominente barriga que le salía por encima del cinturón y el delgado y encorvado cuerpo de él mismo.

Rápidamente, dejó de lado aquellas elucubraciones ,ya que le produjeron una sonora carcajada y Ramírez, emitió una especie de gruñido mostrando su incomodidad.

Por ello Samuel, se disculpó al instante, haciendo una reverencia, a modo teatral, por si de aquella forma, mejoraban el entendimiento.

Cogió el teléfono móvil para buscar una imagen de Sevilla , y suplicó hacia sí mismo, que no se le hubiesen olvidado las gafas o definitivamente el tren marcharía sin él.

Samuel, escribió «Evilla» y le salían hebillas en el buscador de internet y es que, automáticamente lo corregía indicando, «quizás quiere decir «hebilla».
Se le erizaron uno a uno, los vellos de su escuálido cuerpo,  una señal de alerta le indicaba una amenaza inminente.¿ Cómo era posible que apenas segundos antes se  divertía, fiel a su estilo irónico y absurdo y ahora solo focalizaba su intención en conseguir el billete y huir de aquello lo antes posible?

Se apresuró en buscar una imagen de La Giralda y Ramírez emitió sus primeras palabras.

-Hoy me jubilo, por lo que me he permitido contestar a un imbécil como tú. Por cierto, sabe más el diablo por viejo que por diablo y ten por seguro que ni por un instante, tú insistencia en la hebilla, me ha confundido, ni tu risa burlona me ha afectado en absoluto.

Y la certeza de que había olvidado pronunciar y escribir la S, se asentó en su nueva dicción y con ello, desaparecieron la mayor parte de los plurales, y comprobó como menguaba su vocabulario.  Le vino a la mente «susurros», adoraba la sonoridad de aquella palabra, y un sentimiento de orfandad se instaló irremediablemente, por su incapacidad de volverlo a reproducir.

Decidió que a partir de ese día, se llamaría Lázaro López.

Optó por suplir la S por la C, ya que los vacíos producidos por la incapacidad de pronunciar la S, paradójicamente, llenaban sus conversaciones de preguntas incómodas o curiosas, de porqué se expresaba así y hasta en ocasiones, directamente se reían y no de forma cómplice.

Por ello ideó y se adaptó vertiginosamente, a lo que denominó su propio lenguaje adaptativo, donde la C ocupó el lugar de la S delante de la E y la I, la Z la usaba delante de U y delante de la A,  pronunciaba una F, modulando su voz bajando intencionadamente la intensidad.

Y aunque todos estos cambios, no los tenía automatizados, pocas veces se equivocaba, ya que se empeñó concienzudamente, en ser consciente siempre, de cualquier palabra que fuera a emitir.

Cierto es que, aun con el ceceo repentino, ideó una historia convincente y otra fiel a su característica ironía y humor. La versión oficial sostenía que necesitaba usar una férula dental a diario, pues una afección repentina, todavía en estudio, ponía en riesgo su dentadura y dificultaba la pronunciación de algunas palabras.

La otra versión explicaba que, durante una sesión de ouija, el espíritu errante de un antepasado suyo —el marqués don Norberto Nogal y López de Ubrique, apuesto y acaudalado terrateniente de marcado ceceo— se había adentrado en él, sin que nada pudiera hacer para evitarlo.

Lázaro López despertó el 18 de abril de 2025, habiendo olvidado la letra R.

Se percató en el momento de comprar un billete de tren a Granada y le contestó la mujer de la taquilla, que si de paso también le reservaba el asiento del éxito.

Y  reaprender e idear el uso del lenguaje, después de haberse visto forzado a hacerlo por pura adaptación al entorno, le descolocó. Consciente del esfuerzo y de lo inesperado de aquello, volvió al punto de partida.

¿Y si el próximo 18 de abril volviera a esfumarse otra letra?

El 4 de noviembre de 2025, a las 23:00 horas, mientras tomaba té negro, recostado en el sofá de su austera sala de estar, una idea le sacudió la mente ansioso de soluciones.

¿Y si pudiese olvidar el 18 de abril?

Así que, tuvo claro que dejaría de hablar, no quería volver a reemplazar algo con tanto esfuerzo, ya que apaciguar un tiempo de lo más  efímero, no le compensaba en absoluto, por el esfuerzo empleado.

Dejó atrás a Làza(r)o López y sintió calma al nombrase Galileo Galiei, quien además de notoriedad histórica, nació el 15 de febrero, fecha armónica a su parecer.

Decidió observar,  más de lo que nunca había hecho, ya que al privarse del lenguaje, debía desarrollar su máxima pericia en ello, dejó al lado las certezas que identificó como argumentos de autoridad y tomo aquello, cómo parte de su nuevo enfoque.

Galileo Galiei inspeccionaba de manera insistente, obsesiva y cargada de desesperación e impaciencia el cielo. Y cómo le pasó a su antecesor del año 1564, su visión se quedó notablemente deteriorada, al dirigirla diariamente al Sol.

La ausencia de respuestas no hizo más que convencerlo, de que la luminosidad del astro podía penetrar en el raciocinio humano, otorgándole claridad, o al menos fugaces destellos de comprensión. Y tomó aquella intuición como si se tratara de una auténtica epifanía.

El 25 de marzo de 2026, Galileo, antes Lázaro y antes Samuel, rompió a llorar,  sin emitir ningún sonido por su auto imposición, ya que un pensamiento le sobrevino y se maldijo frustrado, al no habérselo planteado antes.

¿Porqué nunca se esforzó en recordar?
¿Porqué decidió no pedir ayuda ?

Ahora, se veía impedido de percepción, despersonalizado nominalmente, solo profundamente solo y aterrado por la cercanía del 18 de abril.

Galileo Galilei se despertó el 18 de abril de 2026 y quería cerciorarse si de nuevo alguna letra, se separaba inevitablemente de él, así pues,  decidió volver a hablar, aunque ya como acto desesperado.

Por sus limitaciones visuales, sólo se atrevió a adentrarse en la floristería situada en el local comercial de su edificio, lugar que conocía al detalle y con su vivienda cerca si así sentía que debía volver.

Ni siquiera el tiempo de ayuno lingüístico, hizo que eligiera una palabra rotunda, o que le evocara algo y pidió un clavel.

Se percató que la letra C se había esfumado, el joven que regentaba la tienda, le cogió el brazo de forma amistosa,  para guiarle hasta la barra del bar contiguo , y que allí, pudiese tomar un label,  Johnnie Walker Red Label.

Carlos,el regente del bar desde hacía.más de 20 años y el joven florista, el cual Samuel no reconoció, se miraron y sintieron simultáneamente compasión y preocupación , ya que aunque coincidían que hacía algún tiempo que no lo veían, un deterioro físico y mental tan pronunciado, les resultó cruel y desconcertante.

Le acomodaron en un taburete acolchado justo frente de la barra de madera, en el que antes era su sitio predilecto. Carlos le sirvió un vaso bajo ancho de vidrio grueso y pesado, con tres dedos whisky y quizás por pura compasión, le expresó su alegría de volverlo a ver y que pidiera lo que quisiese sin tener que abonar nada.

Galileo con firmeza y convencimiento, con un halo de esperanza a la que agarrarse, sacó valor y decidió pedir ayuda de forma desesperada y emitió una especie de grito lamentoso.

-Ayudarme a recordar, no puedo hacerlo solo. (Esto era lo que pretendía decir)

-«Ayudame a eoda , no puedo haelo olo» (Esto fue lo que realmente dijo)

Aún así, lo repitió 4 veces, elevando en cada una de ellas más el tono, hasta agitó los brazos esperando que alguien atendiera a sus súplicas, pero nadie fue capaz de entender nada por esa dicción y el contexto de todo aquello.

Volvió a contener las palabras, salió del bar rechazando cualquier ayuda y su ya distorsionada realidad, le convenció , que si volvía a su hogar, de nuevo volvería a su posición imperceptible.

Claro, que de haber conservado la funcionalidad de sus maltrechos ojos, habría advertido, como los allí presentes, giraron  casi al unísono la cabeza y algunos señalaban el vaso de whisky, como detonante de aquellas extrañas palabras.

De hecho, cuando él abandonó el bar, todas las conversaciones teorizaban acerca de las posibles causas de un deterioro tan pronunciado.

Marchó a tientas a casa, y a sabiendas de que no sabía cómo pedir ayuda, su mente, empezó a culpabilizarle. Recreaba todas sus decisiones y actos erróneos y no paraba de recordarle, que era el único responsable de su  ceguera, visual y emocional.

Y que estúpido se sentía, de qué Samuel jamás, se planteara, que olvidar la letra S pudiera acabar en un patrón. Y él, ya tratándose como Lázaro, se convenció y creyó, que el enfoque de sus decisiones era para priorizarse y velar por su propio beneficio, desencadenando el efecto inverso. Menudo gilipollas arrogante.

Y en los momentos de lucidez, que cada vez eran menos por el dolor que le provocaba, veía a un joven delgado con los pies pequeños, que no sabía muy bien porque siempre disponía de dinero, casa propia, un puñado de amigos y que disfrutaba de viajar en tren sin saber el destino hasta última hora.

El olvido , se convirtió en su única vía de escape, porque el dolor y la culpa, se tornaban insoportables.

Una ola de solidaridad, que en ocasiones brota espontáneamente en las personas, emergió en su barrio por él .

Unas 20 personas se organizaron con la convicción, del lema «el pueblo salva al pueblo» y el desencanto del sistema como nexo de unión.

La más joven era Nuria, idealista y entusiasta de 16 años, quien soñaba con contagiar su afán de ayudar, ser útil, y no exagero cuando su propósito era cambiar el mundo y el más mayor, era Julio, mecánico de coches jubilado de 79 años, el cual, nunca se adaptó a vivir sin su taller y solo caminaba por las calles de su barriada, de las que conocía cada secreto o detalle, a cada cual más anodino.

Se organizaron tras varias asambleas y tenían la convicción, de qué aquella era la forma más humana, directa y eficaz de ayudar, a quien conocían como Samuel Dos Santos.

Se repartieron de forma muy concienzuda y casi profesional, a pesar de la disparidad de perfiles, las tareas de limpieza del hogar, la alimentación, el cuidado durante las noches, las visitas médicas y el control de la medicación.

Ante todo, querían que sintiera la red de apoyo y amor que había detrás de él.

Les llamó la atención que las paredes de su vivienda estuvieran repletas con la fecha 18-04 y, aunque pintaron y dejaron su hogar en condiciones óptimas, dieron por hecho que se trataba del día de su nacimiento, aunque no sabían exactamente de qué año.

Nunca más, volvió a emitir  una palabra.

Sus necesidades básicas estaban cubiertas, la gente era amable y su mente se iba alejando de la realidad cada vez más.

Y cada 18 de abril, los vecinos se reunían para celebrar su cumpleaños, con la intención de hacerle sentir querido y especial.

Y con sus resquicios de visión, alcanzaba a distinguir los grandes globos que, año tras año, presidían la sala con aquel “18-04” que tanto detestaba.

Los rechazaba con una firmeza casi desesperada, porque no hacían más que hurgar en su herida y devolverle, en un primer plano ,un dolor que jamás había aprendido a soportar.

Así, el único día de lucidez del año,  lo provocaba su ya famoso cumpleaños, reavivando su condena y la insoportable impotencia de intentar pedir ayuda, sin ser comprendido.

Incapaz de plasmar una sola letra, ni de emitir sonido alguno, agitaba los brazos desesperadamente, ansiado ser visto y que alguien pudiera comprender su súplica.

Por otro lado, todos los presentes se alegraban y sorprendían al comprobar, que aún podían ver una pizca de Samuel, en aquellos movimientos enérgicos.
Hasta sus ojos parecían volver a expresar, cuando durante el  resto del año, su cuerpo ya rendido,  permanecía inmóvil y su mente estaba totalmente desconectada de la realidad.

El único día de lucidez sobrevenía inesperadamente al estar el resto del año sumido en el olvido,  por lo que jamás pudo idear una manera de hacerse entender.

Y celebraron su cumpleaños cada 18 de abril, y siempre agitó los brazos, pero nunca pudo volver a ninguna estación de tren.

Samuel Dos Santos, fue el precursor sin saberlo ni pretenderlo, de un movimiento social, que precisamente, era lo que a él le hubiese salvado.

Cuando murió un 31 de marzo, tendría unos 72 o 73 años y descubrieron casi fortuitamente  que albergaba una gran fortuna, a pesar de la austeridad que siempre mostró.

Se intentó nuevamente y por todos los medios posibles, encontrar a algún familiar, pero no se halló nada, por lo que su aura mística, dio valor a aquel movimiento vecinal donde ayudaban a quien era vulnerable y con esta inesperada aportación económica, prosperó y abarcó a muchas más personas.

Y quien sabe si Samuel Dos Santos, olvidó cual era su nombre original.

MJ MS


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