Recuerdo tener como 16 años y escuchar una especie de chasquidos que, más que incomodarme, sacaban de mí la parte más curiosa al no saber identificarlos.
Los oía a diario y, al no saber el origen, entonces pude crear una cadencia rutinaria de cuándo sucedían. Primero pude averiguar que venían del piso superior al que vivía.
Francisco Ruiz Pacheco era un hombre de unos 50 años que habitaba en el ático y del cual ningún vecino sabía demasiado de su vida. Vivía solo, salía sobre las 7 de la mañana —supongo que al trabajo, aunque nunca supe a qué se dedicaba— y volvía sobre las 19. Los chasquidos normalmente se escuchaban sobre las 21:30 entre semana, y los fines de semana los podía escuchar sobre las 15:00 de la tarde y también sobre las 21:30.
Francisco no era muy alto, su pelo era cano, pero matizado por canas perennes, y siempre llevaba vaqueros y zapatillas deportivas. Una vez recuerdo verle con un polo verde con una mancha de lejía que intuyo no se percató, pero, de normal, llevaba camisas no demasiado bien planchadas.
Tenía la costumbre de no usar el ascensor y siempre saludaba sonriendo y con una media reverencia. En ocasiones pensé que debería sentirse muy solo, porque le escuchaba contestar a la televisión, hasta de forma muy efusiva, incluso diría que enojado.
Pero, sobre todo, aquellos chasquidos… ¿qué eran? Lo denomino como chasquidos, ya que no se me ocurre mejor forma de describirlo.
Llegué a pensar que quizás la soledad de un individuo pueda incluir rutinas tan personales y tan únicas que, ¿quién era yo para entrometerme por pura curiosidad? Esa inquietud interna, que además no tenía un objetivo ni tenía ningún trasfondo trascendental, guiaba mis pensamientos. ¿Por qué?
Entonces pude entender que cualquier persona tiene sus propias obsesiones, inquietudes, manías o como uno quiera denominarlas, las cuales no tienen por qué ser compartidas y que no siempre deben ser satisfechas.
El jueves 5 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, decidí seguirle, aun a sabiendas de que era un comportamiento vergonzoso, pero acepté dignamente el impulso. Me quedé cerca del portal del edificio desde las 18:00, a sabiendas de que solía llegar sobre las 19:00. Y así fue: a las 18:55 vi que aparcaba su Seat Ibiza negro y que se dirigía a la tienda que regentaba un matrimonio de procedencia china y que prácticamente estaba abierta todo el día.
Entré detrás de él sin que se percatara de mi presencia y me puse a curiosear unas postales, haciendo entrever que estaba interesada en adquirir alguna.
—Francisco, aquí tienes el encargo de este mes. Como siempre, la mitad de paquetes son pipas de aguasal. Debes bajar el consumo de sal, sabes que debes cuidar la tensión.
—Gracias, en ello estamos.
Esta breve conversación de Rosa, la mujer que regentaba la tienda, hizo que, sin disimulo ninguno, girara mi cabeza para no perder detalle.
Francisco me vio y me saludó como siempre, con una amplia sonrisa y su media reverencia.
Justamente después vi cómo sacaba un paquete de pipas y empezó a comerlas, y oí ese chasquido. Ahí estaba mi obsesión: aquel ruido era el sonido que se emite al meterlas en la boca y abrirlas con los dientes.
Desde ese momento, un aprendizaje se quedó en mí, y es que la curiosidad es tan válida para lo socialmente admirable como para lo que un alma curiosa necesita para no enquistarse en lo mundano.

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